lunes, 27 de octubre de 2008

Lluvia (Revisited)

No es que tuviera gran talento sintáctico, pero el ver aquella pequeña frasesita inconexa escrita en una servilleta (amarilla, tan insoportablemente amarilla) una y otra vez le producía una fascinación hormigueante. Si sus dedos temblaban no era aquéllo producto de la emoción que se tiene al contemplar algo maravilloso, sino que era producto de un agudo congelamiento que iba naciendo en su estómago hasta transformarse en un borbotón de saliva que lentamente crecía en la cavidad bucal de Ernesto.

Un viento frío (para contraarrestar su gélido cuerpo) corría formando un pequeño remolino haciendo bailar las hojas alrededor suyo a un ritmo delicado, pero solitario. Y es que Ernesto no podía despegar sus dilatadas pupilas de la servilleta (todavía amarilla) con aquel mensaje que lo obligaba a quedarse quieto, sintiendo como el frío recorría interminablemente su espina sin poder doblegarlo del todo. Su respiración era agitada, sus rodillas rogaban por un pronto descanso, y su cerebro a duras penas podía hilvanar la cadena de acontecimientos que lo habían llevado a estar parado en medio del muelle, con sus zapatillas de suelas gastadas, con una chaqueta café claro llena de manchas, con un aire mezcla de perplejidad y estupidez y con la vista fija en en la mano que sostenía esa pequeña servilleta (irremediablemente amarilla), siendo víctima de un miedo atroz.

En ese mismo minuto (pudo haber sido en un par de minutos, como en un segundo, o quizá en una milésima de segundo) una indefinible sucesión de notas de baja frecuencia anunciaba la llegada al puerto de un barco de carga probablemente venido de algún país oriental (probablemente Japón, sí tenía que ser Japón). Pero en el mismo instante en que sonó la sirena, Ernesto volvió su cabeza para contemplar a lo lejos las calles vacías de la ciudad y abarcar de un solo vistazo el muelle que detrás suyo se extendía anaranjadamente, como si se guardara para ser disfrutado únicamente por un hombre solitario con un vejo abrigo café y una servilleta (que se volvía parduzca, pero que seguía siendo tan amarilla como antes) en una de sus manos. Pero en el momento de tratar de distinguir alguna silueta familiar pensó inmediatamente en que las respuestas a su angustiante situación estarían escritas bajo las suelas de sus zapatillas. Acto seguido, después de verificar su teoría, miró su servilleta (que ya era negra) la arrugó y emprendió camino hacia el cerro silbando una melodía que a duras penas podía recordar, con la servilleta (arrugada e incomprensible) en su mano.

Luego de haber finalizado de silbar una versión ambigua de Fly Me To The Moon, y de una patética Misty, la angustia se apoderó de su cabeza. Inmediatamente pensó en deshacerse de su servilleta (porque era verdadermante suya, ya que él había escrito en ella en una mesa de un restaurant apolillado, se la había llevado consigo y luego la leyó con estupefacción) en algún basurero que encontrara en alguna calle por la cual estuviera transitando, extraviado en una serie de febriles pensamientos carcomidos, pero inmediatamente Ernesto se dijo a sí mismo que no, que había que enfrentar lo inevitable (que pudo haber sido evitado anteriormente) con con toda la modestia que le fuera posible a aquel que sabe que todo confabula en su contra por culpa de una servilleta (desgraciadamente muy amarilla como para divinizarla) que no hace más que repetir estruendosamente su frase maldita una y otra vez en las sienes de Ernesto.

"Pero si no hay nada más que hacer" decíase sin mayor entusiasmo. Cada atisbo de alguna posible salida se derrumbaba cada vez que pensaba en su servilleta (pero ¿por qué tenía que ser amarilla cuando podía ser blanca?) que no podía ser solamente un pedazo de género inerte, sino más bien como un incesante llamado a.. y ahí era donde se detenía, porque llegar a decir semejantes palabras era como una violación brutal del inquietante, pero placentero, silencio que en ese momento reinaba sobre la Avenida Portales.

Si tan sólo fuera negra. Negra como aquel mar que veía extenderse infinitamente hasta perderse más allá de... pero también le fallaba la imaginación a Ernesto, que no puede contener el dolor. Le duele el bolsillo, le duele la servilleta, le duele la cabeza, le duele el corazón.. pero prefiere quitar esto último, porque no tiene caso, le duele la cabeza y punto. Pero la servilleta ¿cómo le dolía la servilleta? Que sentía un objeto flagelante en su mano derecha no era nada más que cierto, mas que le duele la servilleta amarilla, roja, verde, negra, azul, nuevamente amarilla... como si se... como si se hubiera vuelto una misteriosa e insondable prolongación de sí mismo, una prolongación de su increíble fatalidad, la materialización de la misma. Al momento de voltear hacia la calle ve con claridad que el bus que pasa sólo lleva dos pasajeros, uno medio dormido con su cara apoyada en el vidrio de la ventana y otro que sentado de brazos cruzados espera impacientemente su llegada a casa. "Yo ya no tengo pasajeros, ya nadie viaja en mí".

Un cigarro. Tan sólo un cigarro para poder ver pasar la vida en una bocanada de humo, verla retorcerse, formar oníricas existencias, recuerdos amargos de infancia, de su época de clarinetista callejero, de la vez que tuvo que empeñar el clarinete (un lío con el propietario del departamento)... y el eco vacía que su última frase (tan patética, tan cursi) reverberaba brutalmente en su cabeza. Se reprochó semejante estipidez y volvió a desear un cigarrilo entre sus dedos. Pero no, imaginar que tenía un cigarrilo era como una flagrante mentira, porque estaba es servilleta (todavía tan incomprensible, tan inexplicablemente amarilla, tan).

Paulatinamente comienza la caída de las gotas de una tenue lluvia. "El final perfecto" piensa Ernesto, con un cigarrillo imaginario entre sus labios, los labios que alguna vez... Ernest, Ernst, dios no, es ridículo el esperar un milagro, una estupidez el tirarse cerro abajo, quebrarse unos cuatro o cinco huesos (tal vez más) y no morir por un golpe de una piedra contra la cabeza. Y como no le seducía lo suficiente morir de golpe o desangrado se bajó de la baranda de la calle, inhalando hondamente, sintiendo como su corazón desaceleraba el bombeo de la sangre como si contara los instantes previos a detenerse para siempre, con Ernesto mascullando sus lamentaciones, sus últimos planteamientos filosóficos más profudnos, sus. Pero una ráfaga de aire frío interrumpe sus devaneos patéticos, y la lluvia que nubla su vista y los dedos amoratados y... "y nada", porque todo se fue o se está a punto de ir a través de un pedazo de género, de manera que... un pedazo ínfimo e inabarcable de... una náusea asquerosa de sí mismo, un rechazo inmediato a lo vivido recientemente, una negación absurda de la servilleta (tan, pero tan amarilla) ¿cómo negar una servilleta de género amarillo? Una lluvia perfecta, para un final perfecto.

La lluvia. La hermosa lluvia y la servilleta mojada, pero protegida por la temblorosa mano de un hombre que comienza a camniar sin rumbo fijo, con el rostro lívido e inerte, con la dignidad guardada en un bolsillo de una chaqueta ya olvidad y una mirada puesta en un punto fijo perdido en la lluvia. Ya nada... y nada, porque no tenía caso, ya que esperaba que de un momento a otro lo acuchillaran por la espalda. "como si de un momento a otro fuera a pasar algo" peinsa Ernesto. Como si fuera a pasar algo que trastocara el orden de las cosas, como si todo cambiara, pero se viera exactamente igual que antes. Como si la lluvia dejara de caer y dejara ver el sol.

La verdad, no era muy tarde. Ya era de noche y el alumbrado público hacía su trabajo iluminando el desorientado paso de Ernst (quería tanto a Max Ernst).

A las nueve en punto. A las nueve en punto se escuchaba a lo lejos las risas de un grupo de jóvenes que se divertían en su animada conversación. Una pobre sonrisa se dibujó en el rostro de Ernesto, prreso de las más absurdas alucinaciones; qué absurda es una risa inocente o maliciosa. No. En realidad nadie estaba ríendo a lo lejos, no era más que el viento que le recordaba dolorosamente a su servilleta (tan anaranjada por el momento).

Se oye acercarse un auto. Por su derecha Ernesto lo ve asomarse lentamente, aminorar su marcha hasta quedar a la par suya. Se ve abrirse la ventana del conductor y una mujer saca su cabeza y pregunta "¿A dónde vas?", y Ernesto que sonríe como perdonando su ignorancia, a cualquier parte, pero sabes hacia donde me dirijo, pero si quieres puedo llevarte ¿y qué haces con esa servilleta en la mano?". No sabía que era la clave de todo, pero ¿a quién le importaba? A él, solamente a Ernesto le importaba la servilleta y la lluvia que lo limpiaba por dentro y dejaba exactamente igual por afuera a su piel seca y estéril por la lluvia. Pero la mujer insistía amablemente empapándose la cabeza, conciente de que Ernesto terminaría por aceptar su cobijo, su agradecido ofrecimiento.

"Qué más da". Se detiene el auto, Ernesto abre la puerta trasera y ya dentro del auto la cierra ceremoniosamente dando por terminada la caminata. Se está bien en el asiento trasero de un auto azul, sobretodo si está encendida la calefacción.

El auto se aleja y lo que se ve hundirse en un pequeño charco es la servilleta llena de frases inconexas de Ernesto que sigue tan amarilla como siempre.

martes, 16 de septiembre de 2008

Carta Abierta al Tulipan Amarillo

Me en qué habría de caerme suelo un accidente indeseado siendo sincero que tenía ni más sospecha que sucediera por vez y no al decirte asustó un pero puedo seguro no tiene por pasar la última que me con esa llamada una inseguridad sino de sí claro por qué no de mía porque vez no tanto no hubiera nada y otra muy estaría de forma tan y quizás no en mismo escuchando a Varésè tampoco nocturno Debussy pero la que lo que más me da este es tulipan especie de trapo rojo ha recogido del porque esa "p" no nada muy porque claro nos a es como fuera personaje Cortázar y tengo recoger rojo trapo (o mejor dicho el tulipan) y el es encontrarlo y el momento para pero bien que preguntaba momento yo al en totalmente pero creo no la mínima de me tercera consecutiva te mentiré que me poco estar de que qué igual que vez tropecé piedra inseguridad no mía ella y paso si tal hubiera vacilado hecho historia distinta contando desordenada estaría este momento ni algún de verdad es esperanzas en momento un una que de ser suelo si no augura bueno si detenemos pensar si ese de que el problema precisamente encontrar ideal sabes de tí depende el tulipan.

El problema con sabes que tulipan amarillo preferiblemente incauto de todo tu mal ver vez tus labios temblando dominarte intentando aquella y Round About Midnight y Fireworks final sin lluvia para porque lo conseguiste porque de mí se trataba poder dominarte y con desdén desidia mirarme con el ojos horrorizados y me exasperó siento que tan y todo pero es tampoco joven luna muerta el vestido blanco lleno de sangre nada tan llorando de muerte ridiculamente amenazado por un qué importa la camiseta violeta furtivo el beso placer el deseado saberme la preparación de vino para añejo tinto de mentira la mentira verdadera de la lluvia seca sin final.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Estaban revoloteando a mi alrededor los negros cuervos, mientras miraba desolado su auto-dsetrucción. Hubiera querido salvarla, pero me paralizaba el saberme no salvado si la salvaba a ella de la salvación de él. Me hubiera arrastrado hacia el agua negra y me hubiera perdido entre susurros y gemidos (de caricias sin sentido), entre el cielo y la tierra, entre morir o nadar ahogado. Me hubiera percatado de la posible imposibilidad de no hacer nada y maquinar el triunfo de las rosas y tulipanes y la derrota de los narcisos (o viceversa) y darme cuenta a tiempo de que querías ser salvada, condenándome a no serlo y regocijarte en mí, en tí misma, viéndome cada vez un poco más desnudo, no menos indefenso, sino más desnudo, como si yo lo quisiera y en ese momento caen los tres cuervos más silenciosos y los otros cinco me sacan los ojos.

Pero no, no querías serlo.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Espera (Finale)

Manuel se acerca a Clara y la mira sin decir nada, sólo poniendo esos ojos enormes que sólo él sabía poner, diría clara más tarde. ¿Qué vas a hacer? sin nada de ceremonias se acerca y, es lamentable, pero Manuel no se atreve a decir nada, es mejor no decirle nada, aunque me odie, un beso, no, una despedida, la abraza y es lo inevitable que irrumpe en la vida de ambos.


- ¿Estás seguro de que no se te queda nada?
- Para serte sincero, la vida.
- Por favor, no te pongas metafísico.
- Eres un estúpido.
- Al menos tienes su número de teléfono ¿no es eso un consuelo? Además, todavía puedes redimirte.
- No, gracias.
- No volveremos Manuel. Al menos, no por un par de años.
- Lo sé papá. - Manuel miraba por el espejo del auto hacia atrás, despidiéndose de la ciudad.


Parada frente a la casa roja, Clara meditaba y se reía por lo bajo, intrigada en el por qué no le había dicho nada al respecto. Sólo pudo intuir el qué pasaría; no esperaba encontrarlo, había llegado tarde.
Se fue caminando lentamente y sonriendo. A lo mejor mamá me espera con un café hirviendo y pan con mantequilla y tal vez mermelada y quizás algo de Miles Davias sonando en la radio.
La calle se oscurecía y Clara caminaba tranquilamente, tiritando de frío.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Espera (Tercera Parte)

Ya salió Enzo. Seguro que ese sabe por qué Manuel no vino. Si son como uña y mugre y es tan cobarde como él, voy a preguntarle por qué no vino... espera ¿y si Enzo sabe lo que Manuel?¿pero qué caso tiene si le pregunto? Manuel quedaría relegado a segundo, cuarto, octavo plano y a pesar de todo no se lo merece (¿merecerse qué?)... ¿y si fuera lo que creo que es? no, no, no, no, no, no, no, no.... no, imposible, sería demasiado y tonto... quizás si fuera otra cosa más absurda... nor reíriamos de eso, lo que fuera, pero... ahí viene Enzo.

-Hola Enzo.
-Ah. Hola.
-¿Sabes si Manuel va a venir?
-Eeh... - pareció dudar un momento -no sé - respondió con su aguda voz.
-¿Y sabes lo qué le pasó?¿Por qué no vino?
-No sé ¿por qué tantas preguntas? - preguntó Enzo agudizando aún más su voz ("se parece a esa aria de la Reina de la Noche" pensó Clara, ya molesta).
-Tengo que hablar con con él - bufó Clara.
-Seguro.
-Él me dijo que tenía algo importante que decirme.
-¿Y a mí qué me importa?
-Imbécil. Dile a ese endemoniado enano freudiano, amante de Mahler y Nietzche que no sea cobarde y venga a clases. Acto seguido, Clara dió media vuelta y sacó un libro de su mochila y salió al pasillo a leerlo, intentando concentrarse en la historia, muy interesante por cierto, y ¡zás! aparece Manuel al fondo del pasillo.

En un principio no se atrevía a mirarlo siquiera, porque al verlo sintió un profundo escalofrío recorriendo su columna e intentó fingir su absorción en la lectura y que ignoraba la llegada de Manuel por completo.

Noo vengas hacia acá ¿no ves que estoy leyendo? Pero Manuel sólo saludó a Enzo y no se atrevió a saludar a Clara, se sentó en su silla y no volvió a moverse de ahí hasta que terminaron las clases. Entonces Clara se acercó y le preguntó a Manuel si la acompañaba a casa, sí, claro ¿no vas a decir hola? Clara, perdón ¿te quedaste dormido? algo así, ¡algo así! Manuel, ¿qué estabas leyendo?¿el libro de Nietzsche? no, Cortázar, entiendo, lo leí y, ¿y qué? lo leí, interesante debor decir -ya están en Llico- ¿hay algo que quieras decirme?-enrojece Clara- no, pero mira hacia el suelo ¿por qué no llegaste ayer? algo sucedió ¿cómo? en la casa, Clara impaciente ¿y qué querías decirme? y me quedo ahí mismo balbuceando algo, una pregunta quizás, tratando de controlar mi nerviosismo y el corazón que bombea sangre a mil por hora y las palabras no salen y la veo alejarse bufando y echando humo, mientras me quedo quieto y helado.

Llegué a mi casa unos diez minutos después de nuestra separación y papá me retó por haberme demorado tanto ¿qué quieres que haga? tenía que hablar, hacía falta, aunque nada dijimos. Sí, se marchó disgustada y me odié papá, pero ¿qué hacer? Mañana, sí, mañana.

Clara estaba acostada en su cama mirando al techo preguntándose ¿qué habrá querido decir Manuel? con su boca abierta, balbuceante, moviendo la lengua e intentando decir algo entendible y, sin embargo, nada salía de su boca y una expresión de terror se apoderaba de sus ojos, porque es un cobarde, mañana hablará ¡no sé por qué espero a que lo haga!

¿Qué importaba lo que Manuel dijera? Caminaban juntos, Clara y Manuel, por una calle fría y azul, nuevamente, y sin saber qué decir, bueno por lo menos Manuel no sabía qué decir, porque Clara no paraba de hablarle acerca de no sé que cosa en su casa con un pariente de Antofagasta y Manuel se detiene, Clara sigue dando un par de pasos y vuelve la cabeza y lo mira con cara de pregunta.

viernes, 25 de julio de 2008

Espera (Segunda Parte)

Clara empezó a caminar por Llico, preguntándose por qué el imbécil de Manuel (pensaba ella) se había demorado tanto en llegar (bueno, de hecho no llegó). No tiene nada más que hacer más que mirarse el ombligo ah, pero esto también ¡y no es mucho que digamos! ¿por qué le costará tanto cumplir? ¡Estoy hecha una sopa! Se detuvo un momento pensando en que, tal vez, Manuel llegaría por su cuenta a su casa.

No llegó nadie y Clara no estaba dispuesta a esperar más, pero tampoco agarró el teléfono, mañana lo veo, es decir, no podrás escaparte de mí. En eso suena el timbre y Clara va a abrir la puerta de la cual emerge la figura de su madre.

- ¿Vino Manuel?- preguntó su madre.
- No. Supongo que tenía que hacer algo, otra cosa.- respondió Clara fingiendo no darle importancia.
- ¿Lo ves mañana, no?
- Desafortunadamente sí.- Clara no pudo disimular más su enojo y se fue a su habitación. "No me molesten" gritó al que pudiera oírla.

Sentada en su cama, Clara meditó largamente (sentada en su cama) acerca de lo que Manuel tenía que (más bien quería) decirle. Cobarde, pensó con rabia, lo desconozco ahora y ya no tiene caso que me lo diga, no haré ni diré nada. Tomó un libro de Nietzsche de su velador. Púdrete imbécil, esto no es un verdadero regalo.

Oyó a un gato maullar, miró hacia la ventana (abierta) y vió al gato cuán largo era. Le tiró el libro de Nietzche que le fue a dar directamente en el lomo. El gato huyó hacia la casa de al lado espantado y adolorido y espantado por la agresión de Clara.

Al día siguiente había escuela, por lo que Clara esperaba que Manuel cumpliera con sus deberes escolares y se presentara al colegio. Clara se vistió, levantó de la cama (en ese orden), se duchó, tomó rápidamente su desayuno y salió a paso rápido de su casa temblando de frío. Estaban todas las calles mojadas y una brisa helada recorría el cuerpo de Clara, obligándola a doblar su paso.

Clara se sentaba en el tercer lugar de la tercera fila. Esa posición le permitía una vista privilegiada de Manuel, que se sentaba en el primer puesto de la segunda fila, de cara al pizarrón, a la derecha de Clara.

Pasaron las horas y la silla de Manuel seguía desocupada. Julieta Gutiérrez interrumpía las cavilacion de Clara con sus comentarios sobre lo varonil y atractivo de Enzo, que se sentaba al lado de Manuel. Clara sólo podía ignorar los que Julieta decía y no podía poner atención, en vez de eso miraba atentamente la silla de Manuel, absorbida por la contemplación sin tergua de ese objeto de madera. De pronto, Enzo se dió vuelta y miró a Clara, sonriéndole con unos enormes y chuecos dientes. No estés coqueteando conmigo estúpido y acto seguido le muestro el dedo de al medio y le dijo voltéate estúpido. La profesora interrumpe su clase y pregunta a Clara si tenía algún problema con las metonimias. Clara se sonrojó de inmediato y no, ningún problema ¡es que... Enzo no para de mirarme y yo no quiero que me mire! Toda la clase explota en una sincera carcajada y Clara no siguió hablando y sólo atinó a esconder la cabeza en el cuaderno.

lunes, 14 de julio de 2008

Espera (Parte Primera)

La lluvia le impedía ver con nitidez. Clara se sacó los lentes para poder limpiarlos y al hacerlo notó que ya estaba oscuro y que sólo le quedaban algunos minutos para llegar a casa. Pero todavía no llega y si no llega no sé qué haré. Tenía que irse. Manuel podía esperar.

De pronto la lluvia cesó y, al mismo tiempo, Clara inhalo el aire húmedo y nauseabundo de Santiago y dejó su puesto de vigía. Manuel puede esperar, además de estúpido es impuntual. Que se joda

miércoles, 2 de julio de 2008

Asesinato (de tu inocencia)

Hablabas de tus ojos perdidos en el techo

mientras yo acariciaba tu cuello

cuello cubierto de cicatrices y llagas

blanco, asfixiado

y yo mis dientes hincaba

en tu boca marchita

y la sangre brotaba de tus ojos

que reventaban gustosamente

y bebía su jugo

mientras que no te dabas cuenta

de que por mi mirada violada eras.

lunes, 16 de junio de 2008

Aquí no ha pasado nada. Ese es precisamente el problema, no ha pasado nada. Dictadura militar, cambio de sistema socio-económico, vuelta a la democracia, se mantiene el mismo sistema, se Xenakis, se muere Ligeti, se muere Stockhaussen, "revolución" pingüina, voy a salir de cuarto medio, guerra en Irak, George Bush hijo, ejecutan a Sadam Hussein, pero todavía no pasa nada. Ese es precisamente el problema, que sucede de todo y pareciera que muy pocas cosas cambian. El problema es que todavía no me sucede nada. O me ha sucedido poco. Pero el problema es que todavía cierro los ojos y cuando los abro todo parece haber cambiado, pero en realidad son todas las mismas cosas, a pesar de que todo ha cambiado son las mismas cosas y nada más.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Lo que pasa es que Javiera quizá no era mucho para mí y sólo era equivocada la equivocada y eso que la profesora no se calla y lo único que quiero es que termine la clase qué agonía es mi vida lo que pasa ahora cuando pienso en Martina cielo Martina rojo Martina morena Martina objeto (sí objeto, porque apenas cruzar palabras no es nada al comparar el verla nada más) Martina usada hasta la saciedad y no es que que mal de mí se piense pero fantaseo despierto con que hacemos el amor y justo tengo que despertar del mar de dos cuerpos y veo la pared roja abstraída y me abstraigo yo así para no sentirme y sólo sentir su negro cabello acariciando mis dedos vuelvo rápidamente en mí y no sé qué hago aquí comienzo comenzando a caminar bajo esta lluvia bajo un sol enorme que es como Martina que no logra socavarme del todo y que agobio sólo con mirarla y verla directo a sus ojos evade las sonrisas y sólo lo hace si hablas me hace tan y no sé qué pero casi siempre tan y a veces desconcertado y prefiero que sólo su cabello rizado negro rojo oscuro concuerde (beso sus pechos) con lo que más abiertamente anhelo huelo su inextricable aroma de 17 años y lana violeta y la poseo en lo más recóndito de mí sólo para mí aunque en realidad nadie la posea o a ningún hombre posea su boca toco su boca y tengo la mía llena de flores y de peces frente a tal sugestión y su boca que se abre apenas y deja un esbozo de sonrisa a veces viva a veces inerte que me hunde y lleva a admirarla de lejos a su silenciosa belleza

viernes, 11 de abril de 2008

Lluvia (Revisited)

No es que tuviera gran talento sintáctico, pero el ver aquella pequeña frasesita inconexa escrita en una servilleta (amarilla, tan insoportablemente amarilla) una y otra vez le producía una fascinación hormigueante. Si sus dedos temblaban no era aquéllo producto de la emoción que se tiene al contemplar algo maravilloso, sino que era producto de un agudo congelamiento que iba naciendo en su estómago hasta transformarse en un borbotón de saliva que lentamente crecía en la cavidad bucal de Ernesto.

Un viento frío (para contraarrestar su gélido cuerpo) corría formando un pequeño remolino haciendo bailar las hojas alrededor suyo a un ritmo delicado, pero solitario. Y es que Ernesto no podía despegar sus dilatadas pupilas de la servilleta (todavía amarilla) con aquel mensaje que lo obligaba a quedarse quieto, sintiendo como el frío recorría interminablemente su espina sin poder doblegarlo del todo. Su respiración era agitada, sus rodillas rogaban por un pronto descanso, y su cerebro a duras penas podía hilvanar la cadena de acontecimientos que lo habían llevado a estar parado en medio del muelle, con sus zapatillas de suelas gastadas, con una chaqueta café claro llena de manchas, con un aire mezcla de perplejidad y estupidez y con la vista fija en en la mano que sostenía esa pequeña servilleta (irremediablemente amarilla), siendo víctima de un miedo atroz.

En ese mismo minuto (pudo haber sido en un par de minutos, como en un segundo, o quizá en una milésima de segundo) una indefinible sucesión de notas de baja frecuencia anunciaba la llegada al puerto de un barco de carga probablemente venido de algún país oriental (probablemente Japón, sí tenía que ser Japón). Pero en el mismo instante en que sonó la sirena, Ernesto volvió su cabeza para contemplar a lo lejos las calles vacías de la ciudad y abarcar de un solo vistazo el muelle que detrás suyo se extendía anaranjadamente, como si se guardara para ser disfrutado únicamente por un hombre solitario con un vejo abrigo café y una servilleta (que se volvía parduzca, pero que seguía siendo tan amarilla como antes) en una de sus manos. Pero en el momento de tratar de distinguir alguna silueta familiar pensó inmediatamente en que las respuestas a su angustiante situación estarían escritas bajo las suelas de sus zapatillas. Acto seguido, después de verificar su teoría, miró su servilleta (que ya era negra) la arrugó y emprendió camino hacia el cerro silbando una melodía que a duras penas podía recordar, con la servilleta (arrugada e incomprensible) en su mano.

Luego de haber finalizado de silbar una versión ambigua de Fly Me To The Moon, y de una patética Misty, la angustia se apoderó de su cabeza. Inmediatamente pensó en deshacerse de su servilleta (porque era verdadermante suya, ya que él había escrito en ella en una mesa de un restaurant apolillado, se la había llevado consigo y luego la leyó con estupefacción) en algún basurero que encontrara en alguna calle por la cual estuviera transitando, extraviado en una serie de febriles pensamientos carcomidos, pero inmediatamente Ernesto se dijo a sí mismo que no, que había que enfrentar lo inevitable (que pudo haber sido evitado anteriormente) con con toda la modestia que le fuera posible a aquel que sabe que todo confabula en su contra por culpa de una servilleta (desgraciadamente muy amarilla como para divinizarla) que no hace más que repetir estruendosamente su frase maldita una y otra vez en las sienes de Ernesto.

"Pero si no hay nada más que hacer" decíase sin mayor entusiasmo. Cada atisbo de alguna posible salida se derrumbaba cada vez que pensaba en su servilleta (pero ¿por qué tenía que ser amarilla cuando podía ser blanca?) que no podía ser solamente un pedazo de género inerte, sino más bien como un incesante llamado a.. y ahí era donde se detenía, porque llegar a decir semejantes palabras era como una violación brutal del inquietante, pero placentero, silencio que en ese momento reinaba sobre la Avenida Portales.

Si tan sólo fuera negra. Negra como aquel mar que veía extenderse infinitamente hasta perderse más allá de... pero también le fallaba la imaginación a Ernesto, que no puede contener el dolor. Le duele el bolsillo, le duele la servilleta, le duele la cabeza, le duele el corazón.. pero prefiere quitar esto último, porque no tiene caso, le duele la cabeza y punto. Pero la servilleta ¿cómo le dolía la servilleta? Que sentía un objeto flagelante en su mano derecha no era nada más que cierto, mas que le duele la servilleta amarilla, roja, verde, negra, azul, nuevamente amarilla... como si se... como si se hubiera vuelto una misteriosa e insondable prolongación de sí mismo, una prolongación de su increíble fatalidad, la materialización de la misma. Al momento de voltear hacia la calle ve con claridad que el bus que pasa sólo lleva dos pasajeros, uno medio dormido con su cara apoyada en el vidrio de la ventana y otro que sentado de brazos cruzados espera impacientemente su llegada a casa. "Yo ya no tengo pasajeros, ya nadie viaja en mí".

Un cigarro. Tan sólo un cigarro para poder ver pasar la vida en una bocanada de humo, verla retorcerse, formar oníricas existencias, recuerdos amargos de infancia, de su época de clarinetista callejero, de la vez que tuvo que empeñar el clarinete (un lío con el propietario del departamento)... y el eco vacía que su última frase (tan patética, tan cursi) reverberaba brutalmente en su cabeza. Se reprochó semejante estipidez y volvió a desear un cigarrilo entre sus dedos. Pero no, imaginar que tenía un cigarrilo era como una flagrante mentira, porque estaba es servilleta (todavía tan incomprensible, tan inexplicablemente amarilla, tan).

Paulatinamente comienza la caída de las gotas de una tenue lluvia. "El final perfecto" piensa Ernesto, con un cigarrillo imaginario entre sus labios, los labios que alguna vez... Ernest, Ernst, dios no, es ridículo el esperar un milagro, una estupidez el tirarse cerro abajo, quebrarse unos cuatro o cinco huesos (tal vez más) y no morir por un golpe de una piedra contra la cabeza. Y como no le seducía lo suficiente morir de golpe o desangrado se bajó de la baranda de la calle, inhalando hondamente, sintiendo como su corazón desaceleraba el bombeo de la sangre como si contara los instantes previos a detenerse para siempre, con Ernesto mascullando sus lamentaciones, sus últimos planteamientos filosóficos más profudnos, sus. Pero una ráfaga de aire frío interrumpe sus devaneos patéticos, y la lluvia que nubla su vista y los dedos amoratados y... "y nada", porque todo se fue o se está a punto de ir a través de un pedazo de género, de manera que... un pedazo ínfimo e inabarcable de... una náusea asquerosa de sí mismo, un rechazo inmediato a lo vivido recientemente, una negación absurda de la servilleta (tan, pero tan amarilla) ¿cómo negar una servilleta de género amarillo? Una lluvia perfecta, para un final perfecto.

La lluvia. La hermosa lluvia y la servilleta mojada, pero protegida por la temblorosa mano de un hombre que comienza a camniar sin rumbo fijo, con el rostro lívido e inerte, con la dignidad guardada en un bolsillo de una chaqueta ya olvidad y una mirada puesta en un punto fijo perdido en la lluvia. Ya nada... y nada, porque no tenía caso, ya que esperaba que de un momento a otro lo acuchillaran por la espalda. "como si de un momento a otro fuera a pasar algo" peinsa Ernesto. Como si fuera a pasar algo que trastocara el orden de las cosas, como si todo cambiara, pero se viera exactamente igual que antes. Como si la lluvia dejara de caer y dejara ver el sol.

La verdad, no era muy tarde. Ya era de noche y el alumbrado público hacía su trabajo iluminando el desorientado paso de Ernst (quería tanto a Max Ernst).

A las nueve en punto. A las nueve en punto se escuchaba a lo lejos las risas de un grupo de jóvenes que se divertían en su animada conversación. Una pobre sonrisa se dibujó en el rostro de Ernesto, prreso de las más absurdas alucinaciones; qué absurda es una risa inocente o maliciosa. No. En realidad nadie estaba ríendo a lo lejos, no era más que el viento que le recordaba dolorosamente a su servilleta (tan anaranjada por el momento).

Se oye acercarse un auto. Por su derecha Ernesto lo ve asomarse lentamente, aminorar su marcha hasta quedar a la par suya. Se ve abrirse la ventana del conductor y una mujer saca su cabeza y pregunta "¿A dónde vas?", y Ernesto que sonríe como perdonando su ignorancia, a cualquier parte, pero sabes hacia donde me dirijo, pero si quieres puedo llevarte ¿y qué haces con esa servilleta en la mano?". No sabía que era la clave de todo, pero ¿a quién le importaba? A él, solamente a Ernesto le importaba la servilleta y la lluvia que lo limpiaba por dentro y dejaba exactamente igual por afuera a su piel seca y estéril por la lluvia. Pero la mujer insistía amablemente empapándose la cabeza, conciente de que Ernesto terminaría por aceptar su cobijo, su agradecido ofrecimiento.

"Qué más da". Se detiene el auto, Ernesto abre la puerta trasera y ya dentro del auto la cierra ceremoniosamente dando por terminada la caminata. Se está bien en el asiento trasero de un auto azul, sobretodo si está encendida la calefacción.

El auto se aleja y lo que se ve hundirse en un pequeño charco es la servilleta llena de frases inconexas de Ernesto que sigue tan amarilla como siempre.

lunes, 24 de marzo de 2008

La Destrucción de la Armonía

El acorde perfecto pensaba, muy ingenuamente, que no requería de nada más que de sí mismo para funcionar con eficacia. Pero no sabe que sin las alteraciones perdía su efectividad hasta convertirse en algo efímero, asquerosamente efímero.

Todo se vuelve negro (o blanco) y, como un Pollock que chorrea sus colores sobre su pintura llenóse de manchas rojizas, violetas, aguamarinas, marrones y parduzcas que, con indecible placer, formaban un espectáculo digno de un grandilocuente apocalipsis wagneriano; temblores inclementes que destruyen todo lo delicadamente trabajado, hundiendo músicas, sepultando ilusiones, ahogando poemas, maldiciendo existencias, y profundizando pesares remotos que no cejan en la lucha a favor de la intransigencia en contra del ablandamiento de lo dicho, de lo pensado (de lo hecho), que ha de terminar en la explosión piroclástica de novenas, tritonos, trecenas y oncenas condenadas a darnos la lucha sin tregua de la cual seremos víctimas pusilánimes y verdugos ávidos de sangre de inocentes -lugar equivocado, momento equivocado- de los incautos agujeros negros que serán devorados por aquellos seres horripilantes y sin ojos llamados artistas que exterminarán a toda nuestra raza de individuos desprevendios contra la mordaz y lacerante rutina de la interpretación sin sentidos y asesino de ellos mismos, y de la razón tan emocional e imprecisa que desbordará mares de desazón, ríos de olvido y lagos llameantes de hiel que inundarán, como nunca antes se ha visto, las inmensas cosechas de mal llamadas "perfecciones" y de civilizaciones aéreas, ingenuas, que se creen capaces de tocar lo intangible, de entender lo simple.

La bailarina ha muerto en su vertiginosa danza a la entrada del otoño. El ocaso es inevitable y la rmonía ha sido reconstruida, maltratada, acuchillada y baleada, pero de una manera distinta y maravillosa que lo concreto pasa a ser intocable, solamente alcanzable desués de ser aniquilado casi por completo. La cajita de música suspira una última vez y envuelta en el ceniciento silencio se cierra suave y lentamente. A lo lejos se escucha el acorde, más allá de las nubes sempiternas que nublan el ocaso de nuestro silencio.

martes, 11 de marzo de 2008

Fireworks.

Noche. Un gran juego en la ribera de una noche llena de luna. Los efectos indescriptibles de lo hermosamente trágico llenábanme de gran maravilla. Una delicia, como aquella mirada arrebatadora de mujer imprecisa, insufrible anhelo de todo aquello que no es más que una quimera propia de mi ilusión; el delicioso sentimiento hipócrita, de esa continua contradicción multicolor.

Escamas de serpiente, plumas de quetzal, dragones codiciosos, color de sentimientos encontrados, con forma de ya no sé nada más, cayendo, ahogando su fulgor hacia el vacío, para luego convertirse en negras cenizas. Así es como se termina lo vivido; nada más que cenizas llenas de contrariedad, de flagrantes mentiras, como si no fueran más que esas negras cenizas, quemadas las pequeñas ilusiones.

martes, 19 de febrero de 2008

Silencio Viajero

Es ahí. Noche cerrada sin luna ni estrellas. Pero el sol brilla como un ojo amatista en medio del ónix oscuro. Es ahí.

Los brazos en espiral giran vertiginosamente en una danza febril, agraciada y maldita. Nada es lo que es, y Round About Midnight choca contra el alma de sustantivo helicoidal. Es ahí.

Que el avance de cientos y cientos de kilómetros rapaces, que cazan horas de distancias desprevenidas, no sean suficientes como el reclamar lo que es supuestamente propio, sólo a favor del egocentrismo desorbitado, es tan desazonador como la luna quieta en el agua, posible y opaca, y las idealizaciones a las distancias; posibles, pero indebidas. Es ahí.

Primero que nada (porque, en realidad, es antes que nada y la consiguiente resolución de no ser todo) te empiezo a dibujar con mi guitarra, y aparece el asma, la sangre llena los pulmones, el mar, las nubes (hermoso ocaso), el plástico de las manos y el suelo transparente sobre sí mismo, al mismo tiempo de las contracciones y recuerdos de la realidad. Es ahora.

Y ahora, eres real, verdaderamente insustancial, sola con los sueños, aromas y emociones que, delante mío, sobresalen como la nieve sobre las sillas de mi cabeza, como un abrazo a tres centímetros de distancia y el calor de las furiosas serpientes que me hacen pensar que no estás sobre mí, sino delante mío, con un atractivo silencio sepulcral y la mirada fija sobre otra fija mirada sobre el claro incomparable de las sombras de tu rostro y del manjar extasiante del silencio relativo que pintan tus labios, los latidos, y tu fuerte y acelerado ir y venir, cíclica respiración, de las palabras mudas.

Abres la boca. Entran los ejércitos.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Nuevas Formas de Decir las Cosas

7ª Menor.

Cállese.

7ª Mayor.

Observe, acose, hágase la vida imposible y la de los demás, como aquéllas caracolas sin vida que atrapan para siempre el rumbo de lo inevitable.

8ª Justa.

Ríase a carcajadas, como aquella pintura de rostro esquizoide, pero oculte su miedo de jarrones y espejos destrozados, mananas de ónix con gusto a sílex. Ríase de los relojes con forma de muerte y aros multicolores de mujeres de labios rosados. Ríase con gusto de ventanas tubulares y de los túneles paralelos sin respiraderos, de las palucas arrancadas de cuajo de calvas cabezas y de chupallas con forma de piso flotante. Ríase de las diminutas máquinas del tiempo; las yemas de los dedos e iris transparentes, de árboles lineales elásticos, crespos; de aquella mujer morena con pinta de ejecutiva, pelo negro de ondas concéntricas, y labios de mundo fuertes, gruesos, finos (saben a manzanas violetas que dictan las eternas horas de espera), y el ancho cuerpo de mar de intenso color quebrado calmaresco de sol quemado. Pero por sobre todo, ríase de su animalidad trigonométricamente estimada en humanidad que abraza compleja cabellera perecible grazna-carteras llenas de fósiles lamentablemente vueltos a la vida. Y por último, ríase de ésta; una plasta de mierda en la cual lo realmente interesante son las moscas que vuelan alrededor de élla. Sin aquellos sinsabores todo es blanco grizoide y malévolo.

jueves, 24 de enero de 2008

Camino a la Casilla 6, Entre la Cinco y la Siete.

Y bueno. El sentir tan cercano lo que un afrancesado argentino me dice me hace sentir tan. Y es que es increíblemente difícil el calmarse inmediatamente y es por eso que lo hago poco a poco mientras me dirijo al idilio, anhelado idilio, como si las horas previas se trataran de pequeñas agonías, poderosísimas razones para sonreírme, mirar hacia el cielo raso (el ocaso acaba de ocurrir, sólo quedan unos pocos minutos de luz) y, al mismo tiempo, mirar el sucio asfalto lleno de manchas grises y negras; la peor cara de esta ciudad se mira hacia abajo y hacia los rincones oscuros, pero se recompensa el desagrado fétido por la espera de mis ojos al intentar reconocerla desde la relativa lejanía que nos salva y por el rápido e impaciente caminar de mis pies. Entonces siento el deseo de correr febrilmente, cuando me acerco a Vidaurre me entran ganas de mirar con ojos vidriosos a la gente y de gritar sólo porque sí, sintiendo agitar mis brazos en el aire para no caer a tierra y evitando sentirme desesperado.

Todo lo ocurrido en breves fragmentos de un segundo se desintegra inmediatamente al mirar las calles delante mío. Me digo que falta mucho aún para mi destino, pero que es increíblemente poca la distancia hacia el intento de llegar a la casilla nueve.

Feliz espera es el estar a media cuadra, a nada más que unos pocos minutos antes de jugar con los ojos a imaginarte de cerca estando lejos, a unos pocos pasos de mí. Ese precipicio tan fácil de cruzar sin perecer en el intento y el dulce néctar que me alimenta y me nutre de mí y de tí, como si fueramos solamente a reconocernos nuevamente con el tacto, las puntas de los dedos, el abrazo agradecido, tiernas y fugaces sonrisas y las bien eternas y grandes miradas de los ojos de color pardo y café. siempre es uno de los dos el que tiene, de vez en cuando, que apartar la mirada para intentar soñar despierto. No temas a soñar despierta, tal vez perdiste un poco la práctica, pero no es tarde para volver a empezar. Y es ahí, en esos pensamientos, cuando me detengo en tí, no puedo mirarme reflejado en tus ojos, porque son tan y eres tan que pareciera que yo no quepo en tí, pero también es como si tú tampoco cabieras en mí, y por unos instantes me siento un tanto ajeno, creyendo que tú también lo sientes, pero sin embargo nos sonreímos con mucha felicidad ahora que nos hemos visto e intercambiamos típicas frases, como un preludio que da paso a palabras que queman y que a la vez nos sanan de tanto ir y venir sobre nosotros mismos y sobre los demás que no se conocen, como si, nuevamente, fueramos dos ciegos buscándonos en parajes llenos de luz blanca, roja, negra, pero nunca azul (a veces verde), y vemos las asquerosidades que ocasionalmente nos rodean y nos parecen tan indiferentes y no nos importa el que estén ahí porque estamos los dos, reconociéndonos, tú apoyando tu cabeza en mi hombro y yo intentando emborracharme de tu aroma, de un licor dulce y amargo.

Cuando jugamos a las distancias es cuando, ciegamente, nos abandonamos a la lucha de las serpientes, tiernamente enfurecidas, serpientes de fuego de rojo enfermizo que luchan retorciéndose, invadiendo la oscura guarida de la otra, palpándola, oliéndola con sus bífidas lenguas, envolviéndose, y finalmente, asfixiándose, pero nunca mueren y siguen su maravillosa e infinita lucha, lucha, dicho sea de paso, que dura lo necesario para regocijarnos placenteramente, a nosostros, los eternos espectadores y actores principales, lo suficiente para abandonarnos el uno al otro.

Una vez finalizados los deliciosamente dulces juegos de palabras, y de morder nuestros sentimientos y de tratar de exponerlos con delicadeza, nos despedimos, tal vez para retirarnos a descansar de todo y de todos o simplemente porque sentimos la imperiosa necesidad de hacerlo; otro juego que inventamos para nosotros, el extrañarse un poco y tener nuevamente las ganas de ver esa sonrisa. Así nos despedimos.

Caminando hacia mi casa me descubro riendo suavemente. Me pregunto muchas cosas e invento animales imaginarios. A veces me llego a preguntar si realmente existirán los astalafelfes o si una variedad de mamífero alado (con plumas) llamado marticopota habitará las regiones tropicales de América del Sur. Felicidad casi indeleble del rostro que imagina, intentando materializar cualquier cosa que no tenga sentido, un absurdo absoluto, y que no para de reírse para sus adentros imaginándola en el trayecto en ómnibus hacia su casa, lo que piensa, lo que siente, lo que ve, lo que escucha. Me muerdo los labios y me descubro con los ojos cerrados esperando una nueva reunión, esperando nuevamente el próximo encuentro. Entonces siento la boca llena de flores y espero otra vez esa dulce y embriagante agonía.

viernes, 18 de enero de 2008

"Catársis"

Está claro que tanto el inglés como el español son lenguas muertas; liquidez y solidez rancias, putrefactas, cansadas. Así que no hay que temer. No digas nada ni muevas los labios. Silencio de ruidoso metal florido, de concreto ionizado, de planeta marchitos, de pirámides aztecas invertidas en aire, motocicletas depresivas, termitas intermitentemente rociadas con arcoiris interminablemente terminadas en basiliscos pétreos ubicados dodecagonalmente alrededor de eróticas guindas rojas, de putas de blanco, de irrespetuosos reptiles flautistas y saxofonistas mal estudiados, de peros gigantes, de mañana ya no extraña la parafernalia de su única estatua en luz de plata bañada de bonitas torres de nubes ensangrentadas, de malos poetas pseudomúsicos, de "nada es suficiente para mí", danzarines osuros, de graciosos estúpidos (de graciosas estúpidas) locos (locas) por ser suicidas anónimos (suicidas anónimas), desanguinolientodescuartizamientodelosmueblesdemicabeza
intactadolientedeañosdevida
absurdaputrefaccióneternaytontasgravesdependientes
indeleblesdelamemoriacardíacade
aquínohaynadiedesocupadaslasvacantesparalasinscripciones
alavidallenadeoscurosfluidoscorporales,
de todo es apenas anda y nadar lo es todo, de ilusiones ocultas, de choques de civilizaciones milenarias, de confontaciones de realidades paralelas adyacentes y opuestas, de "no puedo traicionarme a mí mismo", de ya nada queda en esta selva llena de aztecas muertos sacrifica-caballeros andantes (señor Cervantes)) vestidos de ascetas dueños de asesinas empresas lanza-desperdicios a los mares de vez en cuando, de-maldita-luna-hermosa-y-llena-no-me-dejes-a-quí-
so-lo-lle-no-de-e-s-p-e-r-a-n-z-a-s-
vacías-en-mí-y-en-tí que no nada sirven empero para intoxicarse intentar martirio que hasta el llegue sólo sí por como fuera más si normal lo mundo del, de "aquí hay algo que no calza", de la vida de la Tierra, de la muerte de la individualidad, de la muerte de todos, del reino de este mundo, de nuestra pasmosamente calma y silenciosa erupción volcánica que salva un poco nuestra separatidad y nos acerca en ese nuevo y fascinante ángulo de pardos ojos que han de penetrar insistentemente en nuestras soledades.

miércoles, 16 de enero de 2008


Sí. Atonalidad crepitante e insistente que se funde mágicamente con el latido de la psiquis de quien me acompaña (eso es lo que yo veo), pero creo que los textos de Neruda no llegan a conmoverme, porque son lejanos y majaderos. Veo que el tenor posee una técnica un tanto envidiable, mas no posee ningún desplante escénico. Lo importante es la música.

La danza de la furia de las siete trompetas vomita un larguísimo tutti sin sensaciones tonales claras y parece la histeria misma; mágico instante en el que se unen el odio y la racionalidad.

Y de repente el Suspiro Piroclástico comienza estrepitosamente causando estragos en mis entrañas. Un agudo dolor de estómago me invade y me encuentro mareado por la gran cantidad de magma aflorando a la superficie terrestre de mi nariz, que trabaja dificultosamente para no hacerme perder el conocimiento. Y es entonces cuando vienen miles de pensamientos instantáneos a mi cabeza en menos de lo que dura un parpadeo. Necesito sentir que estoy en aquella oscura sala y desesperadamente me agarro al brazo de la butaca creyendo que de un momento a otro voy a caer en insondables abismos llenos de demonios propios de la retorcida mente de un evangélico que, sonriendo, me invitan a danzar junto a ellos en la eternidad.

Entonces la veo; una mano acostada sobre su regazo e inmediatamente la tomo sin mirarla por temor a arrepentirme de semejante profanación (en el fondo me dije que no tenía nada de malo y que de todas maneras seguía siendo fiel a mí mismo) de una mano oscuramente delicada, propia de quien estaba a mi lado, pero mi corazón se une en el acto al ritmo irregular ritmo de la electrónica (irregularidad diastólica) y por un momento llego a pensar que la sangre va a salir a presión a una inigualable velocidad por mi boca. Mas el malestar se disipa lentamente después del clímax alcanzado y sólo queda un pequeño resto del dolor original.

El magma se enfría lenta y silenciosamente y lleno de sudor sonrío para mis adentros y veo que una sonrisa fraterna se dibuja en un rostro que no quiere juzgarme. Me calmo y cuidadosamente retiro mi mano que va a saludar a la otra con suma consternación, extrañeza total y plenamente conforme. Al final del Artificio repito la acción mecánicamente sólo que lo hago al mismo tiempo de sonreír y nuevamente me calmo. Las risas ridículas hacen bien de vez en cuando.

Nada de poetas malditos. Lo único que queda es una mujer bailando hasta la muerte de la primavera