Y bueno. El sentir tan cercano lo que un afrancesado argentino me dice me hace sentir tan. Y es que es increíblemente difícil el calmarse inmediatamente y es por eso que lo hago poco a poco mientras me dirijo al idilio, anhelado idilio, como si las horas previas se trataran de pequeñas agonías, poderosísimas razones para sonreírme, mirar hacia el cielo raso (el ocaso acaba de ocurrir, sólo quedan unos pocos minutos de luz) y, al mismo tiempo, mirar el sucio asfalto lleno de manchas grises y negras; la peor cara de esta ciudad se mira hacia abajo y hacia los rincones oscuros, pero se recompensa el desagrado fétido por la espera de mis ojos al intentar reconocerla desde la relativa lejanía que nos salva y por el rápido e impaciente caminar de mis pies. Entonces siento el deseo de correr febrilmente, cuando me acerco a Vidaurre me entran ganas de mirar con ojos vidriosos a la gente y de gritar sólo porque sí, sintiendo agitar mis brazos en el aire para no caer a tierra y evitando sentirme desesperado.
Todo lo ocurrido en breves fragmentos de un segundo se desintegra inmediatamente al mirar las calles delante mío. Me digo que falta mucho aún para mi destino, pero que es increíblemente poca la distancia hacia el intento de llegar a la casilla nueve.
Feliz espera es el estar a media cuadra, a nada más que unos pocos minutos antes de jugar con los ojos a imaginarte de cerca estando lejos, a unos pocos pasos de mí. Ese precipicio tan fácil de cruzar sin perecer en el intento y el dulce néctar que me alimenta y me nutre de mí y de tí, como si fueramos solamente a reconocernos nuevamente con el tacto, las puntas de los dedos, el abrazo agradecido, tiernas y fugaces sonrisas y las bien eternas y grandes miradas de los ojos de color pardo y café. siempre es uno de los dos el que tiene, de vez en cuando, que apartar la mirada para intentar soñar despierto. No temas a soñar despierta, tal vez perdiste un poco la práctica, pero no es tarde para volver a empezar. Y es ahí, en esos pensamientos, cuando me detengo en tí, no puedo mirarme reflejado en tus ojos, porque son tan y eres tan que pareciera que yo no quepo en tí, pero también es como si tú tampoco cabieras en mí, y por unos instantes me siento un tanto ajeno, creyendo que tú también lo sientes, pero sin embargo nos sonreímos con mucha felicidad ahora que nos hemos visto e intercambiamos típicas frases, como un preludio que da paso a palabras que queman y que a la vez nos sanan de tanto ir y venir sobre nosotros mismos y sobre los demás que no se conocen, como si, nuevamente, fueramos dos ciegos buscándonos en parajes llenos de luz blanca, roja, negra, pero nunca azul (a veces verde), y vemos las asquerosidades que ocasionalmente nos rodean y nos parecen tan indiferentes y no nos importa el que estén ahí porque estamos los dos, reconociéndonos, tú apoyando tu cabeza en mi hombro y yo intentando emborracharme de tu aroma, de un licor dulce y amargo.
Cuando jugamos a las distancias es cuando, ciegamente, nos abandonamos a la lucha de las serpientes, tiernamente enfurecidas, serpientes de fuego de rojo enfermizo que luchan retorciéndose, invadiendo la oscura guarida de la otra, palpándola, oliéndola con sus bífidas lenguas, envolviéndose, y finalmente, asfixiándose, pero nunca mueren y siguen su maravillosa e infinita lucha, lucha, dicho sea de paso, que dura lo necesario para regocijarnos placenteramente, a nosostros, los eternos espectadores y actores principales, lo suficiente para abandonarnos el uno al otro.
Una vez finalizados los deliciosamente dulces juegos de palabras, y de morder nuestros sentimientos y de tratar de exponerlos con delicadeza, nos despedimos, tal vez para retirarnos a descansar de todo y de todos o simplemente porque sentimos la imperiosa necesidad de hacerlo; otro juego que inventamos para nosotros, el extrañarse un poco y tener nuevamente las ganas de ver esa sonrisa. Así nos despedimos.
Caminando hacia mi casa me descubro riendo suavemente. Me pregunto muchas cosas e invento animales imaginarios. A veces me llego a preguntar si realmente existirán los astalafelfes o si una variedad de mamífero alado (con plumas) llamado marticopota habitará las regiones tropicales de América del Sur. Felicidad casi indeleble del rostro que imagina, intentando materializar cualquier cosa que no tenga sentido, un absurdo absoluto, y que no para de reírse para sus adentros imaginándola en el trayecto en ómnibus hacia su casa, lo que piensa, lo que siente, lo que ve, lo que escucha. Me muerdo los labios y me descubro con los ojos cerrados esperando una nueva reunión, esperando nuevamente el próximo encuentro. Entonces siento la boca llena de flores y espero otra vez esa dulce y embriagante agonía.
jueves, 24 de enero de 2008
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario