martes, 6 de enero de 2009

¿No Encontrar?

Pensar, pensar que ya pienso en lo que voy a hacer en un rato, porque no puedo evitar pensar en lo que le hago pensar.

¿Qué hacer?

Sólo pensar y decidir. Decidir si voy bien o mal, si vivo o no hago nada, si retrocedo o sigo adelante. Si encuentro o pierdo irremediablemente.

Todos estos pensamientos son inútiles. No tiene caso, sería caer nuevamente en la trampa, en el juego que me hace su prisionero, un cautivo que no hace más que intentar lamerse las orejas y que al hacerlo descubre el campo, sí, ese campo lleno de flores amarillas ya caducas, transformándolas en una mentira constante, pero real, porque ¿qué son su piel inmadura y su vientre pequeño sino mi más temerario pensamiento? No es como si la superficie suave pero resquebrajada se adentrara a buscarme, en vez de se eso parece más a la invitación ciega y silenciosa a buscar esa superficie donde escribir y yacer inmerso en su pequeño manantial verde, azul, rojo carmesí, vermellón oscuro sin saber, sin encontrar, bella incertidumbre.

jueves, 1 de enero de 2009

Happy New Year

Hacía tiempo que no decía nada. Son los desperfectos técnicos. El lápiz no escrbía, las hojas se rompían, las guitarras desafinaban y los pianos no obedecían. Pequeños desperfectos que hacen sabrosa la vida, como el basurero lleno de papeles al lado de la puerta, por supuesto.(Basurero que, obviamente, no hacía falta mencionar.)

También los discos se van gastando, ni hablar de las ideas ¿impresionar o simplemente actuar con displicencia?

El liso papel estaba en verde (o negro, pero no blanco), el asunto era hacerlo hablar, pero la música era tan ensoredecedora que se me olvidaba a ratos maldecir como corresponde a un hijo de una familia pequeño burguesa, para eso estaba el papel, me digo ahora, mientras nadie dice nada importante durante una cena fastuosa, pero completamente vulgar, de año nuevo (ni hablar de mí, que estoy callado mirando el plato vacío, llenándome de vino caro). Qué va, hay que hacerlo hablar. Son esos desperfectos técnicos.

Hacía tiempo que no decía nada. Tampoco es este el momento de hacerlo.

lunes, 27 de octubre de 2008

Lluvia (Revisited)

No es que tuviera gran talento sintáctico, pero el ver aquella pequeña frasesita inconexa escrita en una servilleta (amarilla, tan insoportablemente amarilla) una y otra vez le producía una fascinación hormigueante. Si sus dedos temblaban no era aquéllo producto de la emoción que se tiene al contemplar algo maravilloso, sino que era producto de un agudo congelamiento que iba naciendo en su estómago hasta transformarse en un borbotón de saliva que lentamente crecía en la cavidad bucal de Ernesto.

Un viento frío (para contraarrestar su gélido cuerpo) corría formando un pequeño remolino haciendo bailar las hojas alrededor suyo a un ritmo delicado, pero solitario. Y es que Ernesto no podía despegar sus dilatadas pupilas de la servilleta (todavía amarilla) con aquel mensaje que lo obligaba a quedarse quieto, sintiendo como el frío recorría interminablemente su espina sin poder doblegarlo del todo. Su respiración era agitada, sus rodillas rogaban por un pronto descanso, y su cerebro a duras penas podía hilvanar la cadena de acontecimientos que lo habían llevado a estar parado en medio del muelle, con sus zapatillas de suelas gastadas, con una chaqueta café claro llena de manchas, con un aire mezcla de perplejidad y estupidez y con la vista fija en en la mano que sostenía esa pequeña servilleta (irremediablemente amarilla), siendo víctima de un miedo atroz.

En ese mismo minuto (pudo haber sido en un par de minutos, como en un segundo, o quizá en una milésima de segundo) una indefinible sucesión de notas de baja frecuencia anunciaba la llegada al puerto de un barco de carga probablemente venido de algún país oriental (probablemente Japón, sí tenía que ser Japón). Pero en el mismo instante en que sonó la sirena, Ernesto volvió su cabeza para contemplar a lo lejos las calles vacías de la ciudad y abarcar de un solo vistazo el muelle que detrás suyo se extendía anaranjadamente, como si se guardara para ser disfrutado únicamente por un hombre solitario con un vejo abrigo café y una servilleta (que se volvía parduzca, pero que seguía siendo tan amarilla como antes) en una de sus manos. Pero en el momento de tratar de distinguir alguna silueta familiar pensó inmediatamente en que las respuestas a su angustiante situación estarían escritas bajo las suelas de sus zapatillas. Acto seguido, después de verificar su teoría, miró su servilleta (que ya era negra) la arrugó y emprendió camino hacia el cerro silbando una melodía que a duras penas podía recordar, con la servilleta (arrugada e incomprensible) en su mano.

Luego de haber finalizado de silbar una versión ambigua de Fly Me To The Moon, y de una patética Misty, la angustia se apoderó de su cabeza. Inmediatamente pensó en deshacerse de su servilleta (porque era verdadermante suya, ya que él había escrito en ella en una mesa de un restaurant apolillado, se la había llevado consigo y luego la leyó con estupefacción) en algún basurero que encontrara en alguna calle por la cual estuviera transitando, extraviado en una serie de febriles pensamientos carcomidos, pero inmediatamente Ernesto se dijo a sí mismo que no, que había que enfrentar lo inevitable (que pudo haber sido evitado anteriormente) con con toda la modestia que le fuera posible a aquel que sabe que todo confabula en su contra por culpa de una servilleta (desgraciadamente muy amarilla como para divinizarla) que no hace más que repetir estruendosamente su frase maldita una y otra vez en las sienes de Ernesto.

"Pero si no hay nada más que hacer" decíase sin mayor entusiasmo. Cada atisbo de alguna posible salida se derrumbaba cada vez que pensaba en su servilleta (pero ¿por qué tenía que ser amarilla cuando podía ser blanca?) que no podía ser solamente un pedazo de género inerte, sino más bien como un incesante llamado a.. y ahí era donde se detenía, porque llegar a decir semejantes palabras era como una violación brutal del inquietante, pero placentero, silencio que en ese momento reinaba sobre la Avenida Portales.

Si tan sólo fuera negra. Negra como aquel mar que veía extenderse infinitamente hasta perderse más allá de... pero también le fallaba la imaginación a Ernesto, que no puede contener el dolor. Le duele el bolsillo, le duele la servilleta, le duele la cabeza, le duele el corazón.. pero prefiere quitar esto último, porque no tiene caso, le duele la cabeza y punto. Pero la servilleta ¿cómo le dolía la servilleta? Que sentía un objeto flagelante en su mano derecha no era nada más que cierto, mas que le duele la servilleta amarilla, roja, verde, negra, azul, nuevamente amarilla... como si se... como si se hubiera vuelto una misteriosa e insondable prolongación de sí mismo, una prolongación de su increíble fatalidad, la materialización de la misma. Al momento de voltear hacia la calle ve con claridad que el bus que pasa sólo lleva dos pasajeros, uno medio dormido con su cara apoyada en el vidrio de la ventana y otro que sentado de brazos cruzados espera impacientemente su llegada a casa. "Yo ya no tengo pasajeros, ya nadie viaja en mí".

Un cigarro. Tan sólo un cigarro para poder ver pasar la vida en una bocanada de humo, verla retorcerse, formar oníricas existencias, recuerdos amargos de infancia, de su época de clarinetista callejero, de la vez que tuvo que empeñar el clarinete (un lío con el propietario del departamento)... y el eco vacía que su última frase (tan patética, tan cursi) reverberaba brutalmente en su cabeza. Se reprochó semejante estipidez y volvió a desear un cigarrilo entre sus dedos. Pero no, imaginar que tenía un cigarrilo era como una flagrante mentira, porque estaba es servilleta (todavía tan incomprensible, tan inexplicablemente amarilla, tan).

Paulatinamente comienza la caída de las gotas de una tenue lluvia. "El final perfecto" piensa Ernesto, con un cigarrillo imaginario entre sus labios, los labios que alguna vez... Ernest, Ernst, dios no, es ridículo el esperar un milagro, una estupidez el tirarse cerro abajo, quebrarse unos cuatro o cinco huesos (tal vez más) y no morir por un golpe de una piedra contra la cabeza. Y como no le seducía lo suficiente morir de golpe o desangrado se bajó de la baranda de la calle, inhalando hondamente, sintiendo como su corazón desaceleraba el bombeo de la sangre como si contara los instantes previos a detenerse para siempre, con Ernesto mascullando sus lamentaciones, sus últimos planteamientos filosóficos más profudnos, sus. Pero una ráfaga de aire frío interrumpe sus devaneos patéticos, y la lluvia que nubla su vista y los dedos amoratados y... "y nada", porque todo se fue o se está a punto de ir a través de un pedazo de género, de manera que... un pedazo ínfimo e inabarcable de... una náusea asquerosa de sí mismo, un rechazo inmediato a lo vivido recientemente, una negación absurda de la servilleta (tan, pero tan amarilla) ¿cómo negar una servilleta de género amarillo? Una lluvia perfecta, para un final perfecto.

La lluvia. La hermosa lluvia y la servilleta mojada, pero protegida por la temblorosa mano de un hombre que comienza a camniar sin rumbo fijo, con el rostro lívido e inerte, con la dignidad guardada en un bolsillo de una chaqueta ya olvidad y una mirada puesta en un punto fijo perdido en la lluvia. Ya nada... y nada, porque no tenía caso, ya que esperaba que de un momento a otro lo acuchillaran por la espalda. "como si de un momento a otro fuera a pasar algo" peinsa Ernesto. Como si fuera a pasar algo que trastocara el orden de las cosas, como si todo cambiara, pero se viera exactamente igual que antes. Como si la lluvia dejara de caer y dejara ver el sol.

La verdad, no era muy tarde. Ya era de noche y el alumbrado público hacía su trabajo iluminando el desorientado paso de Ernst (quería tanto a Max Ernst).

A las nueve en punto. A las nueve en punto se escuchaba a lo lejos las risas de un grupo de jóvenes que se divertían en su animada conversación. Una pobre sonrisa se dibujó en el rostro de Ernesto, prreso de las más absurdas alucinaciones; qué absurda es una risa inocente o maliciosa. No. En realidad nadie estaba ríendo a lo lejos, no era más que el viento que le recordaba dolorosamente a su servilleta (tan anaranjada por el momento).

Se oye acercarse un auto. Por su derecha Ernesto lo ve asomarse lentamente, aminorar su marcha hasta quedar a la par suya. Se ve abrirse la ventana del conductor y una mujer saca su cabeza y pregunta "¿A dónde vas?", y Ernesto que sonríe como perdonando su ignorancia, a cualquier parte, pero sabes hacia donde me dirijo, pero si quieres puedo llevarte ¿y qué haces con esa servilleta en la mano?". No sabía que era la clave de todo, pero ¿a quién le importaba? A él, solamente a Ernesto le importaba la servilleta y la lluvia que lo limpiaba por dentro y dejaba exactamente igual por afuera a su piel seca y estéril por la lluvia. Pero la mujer insistía amablemente empapándose la cabeza, conciente de que Ernesto terminaría por aceptar su cobijo, su agradecido ofrecimiento.

"Qué más da". Se detiene el auto, Ernesto abre la puerta trasera y ya dentro del auto la cierra ceremoniosamente dando por terminada la caminata. Se está bien en el asiento trasero de un auto azul, sobretodo si está encendida la calefacción.

El auto se aleja y lo que se ve hundirse en un pequeño charco es la servilleta llena de frases inconexas de Ernesto que sigue tan amarilla como siempre.

martes, 16 de septiembre de 2008

Carta Abierta al Tulipan Amarillo

Me en qué habría de caerme suelo un accidente indeseado siendo sincero que tenía ni más sospecha que sucediera por vez y no al decirte asustó un pero puedo seguro no tiene por pasar la última que me con esa llamada una inseguridad sino de sí claro por qué no de mía porque vez no tanto no hubiera nada y otra muy estaría de forma tan y quizás no en mismo escuchando a Varésè tampoco nocturno Debussy pero la que lo que más me da este es tulipan especie de trapo rojo ha recogido del porque esa "p" no nada muy porque claro nos a es como fuera personaje Cortázar y tengo recoger rojo trapo (o mejor dicho el tulipan) y el es encontrarlo y el momento para pero bien que preguntaba momento yo al en totalmente pero creo no la mínima de me tercera consecutiva te mentiré que me poco estar de que qué igual que vez tropecé piedra inseguridad no mía ella y paso si tal hubiera vacilado hecho historia distinta contando desordenada estaría este momento ni algún de verdad es esperanzas en momento un una que de ser suelo si no augura bueno si detenemos pensar si ese de que el problema precisamente encontrar ideal sabes de tí depende el tulipan.

El problema con sabes que tulipan amarillo preferiblemente incauto de todo tu mal ver vez tus labios temblando dominarte intentando aquella y Round About Midnight y Fireworks final sin lluvia para porque lo conseguiste porque de mí se trataba poder dominarte y con desdén desidia mirarme con el ojos horrorizados y me exasperó siento que tan y todo pero es tampoco joven luna muerta el vestido blanco lleno de sangre nada tan llorando de muerte ridiculamente amenazado por un qué importa la camiseta violeta furtivo el beso placer el deseado saberme la preparación de vino para añejo tinto de mentira la mentira verdadera de la lluvia seca sin final.

sábado, 13 de septiembre de 2008

Estaban revoloteando a mi alrededor los negros cuervos, mientras miraba desolado su auto-dsetrucción. Hubiera querido salvarla, pero me paralizaba el saberme no salvado si la salvaba a ella de la salvación de él. Me hubiera arrastrado hacia el agua negra y me hubiera perdido entre susurros y gemidos (de caricias sin sentido), entre el cielo y la tierra, entre morir o nadar ahogado. Me hubiera percatado de la posible imposibilidad de no hacer nada y maquinar el triunfo de las rosas y tulipanes y la derrota de los narcisos (o viceversa) y darme cuenta a tiempo de que querías ser salvada, condenándome a no serlo y regocijarte en mí, en tí misma, viéndome cada vez un poco más desnudo, no menos indefenso, sino más desnudo, como si yo lo quisiera y en ese momento caen los tres cuervos más silenciosos y los otros cinco me sacan los ojos.

Pero no, no querías serlo.

miércoles, 27 de agosto de 2008

Espera (Finale)

Manuel se acerca a Clara y la mira sin decir nada, sólo poniendo esos ojos enormes que sólo él sabía poner, diría clara más tarde. ¿Qué vas a hacer? sin nada de ceremonias se acerca y, es lamentable, pero Manuel no se atreve a decir nada, es mejor no decirle nada, aunque me odie, un beso, no, una despedida, la abraza y es lo inevitable que irrumpe en la vida de ambos.


- ¿Estás seguro de que no se te queda nada?
- Para serte sincero, la vida.
- Por favor, no te pongas metafísico.
- Eres un estúpido.
- Al menos tienes su número de teléfono ¿no es eso un consuelo? Además, todavía puedes redimirte.
- No, gracias.
- No volveremos Manuel. Al menos, no por un par de años.
- Lo sé papá. - Manuel miraba por el espejo del auto hacia atrás, despidiéndose de la ciudad.


Parada frente a la casa roja, Clara meditaba y se reía por lo bajo, intrigada en el por qué no le había dicho nada al respecto. Sólo pudo intuir el qué pasaría; no esperaba encontrarlo, había llegado tarde.
Se fue caminando lentamente y sonriendo. A lo mejor mamá me espera con un café hirviendo y pan con mantequilla y tal vez mermelada y quizás algo de Miles Davias sonando en la radio.
La calle se oscurecía y Clara caminaba tranquilamente, tiritando de frío.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Espera (Tercera Parte)

Ya salió Enzo. Seguro que ese sabe por qué Manuel no vino. Si son como uña y mugre y es tan cobarde como él, voy a preguntarle por qué no vino... espera ¿y si Enzo sabe lo que Manuel?¿pero qué caso tiene si le pregunto? Manuel quedaría relegado a segundo, cuarto, octavo plano y a pesar de todo no se lo merece (¿merecerse qué?)... ¿y si fuera lo que creo que es? no, no, no, no, no, no, no, no.... no, imposible, sería demasiado y tonto... quizás si fuera otra cosa más absurda... nor reíriamos de eso, lo que fuera, pero... ahí viene Enzo.

-Hola Enzo.
-Ah. Hola.
-¿Sabes si Manuel va a venir?
-Eeh... - pareció dudar un momento -no sé - respondió con su aguda voz.
-¿Y sabes lo qué le pasó?¿Por qué no vino?
-No sé ¿por qué tantas preguntas? - preguntó Enzo agudizando aún más su voz ("se parece a esa aria de la Reina de la Noche" pensó Clara, ya molesta).
-Tengo que hablar con con él - bufó Clara.
-Seguro.
-Él me dijo que tenía algo importante que decirme.
-¿Y a mí qué me importa?
-Imbécil. Dile a ese endemoniado enano freudiano, amante de Mahler y Nietzche que no sea cobarde y venga a clases. Acto seguido, Clara dió media vuelta y sacó un libro de su mochila y salió al pasillo a leerlo, intentando concentrarse en la historia, muy interesante por cierto, y ¡zás! aparece Manuel al fondo del pasillo.

En un principio no se atrevía a mirarlo siquiera, porque al verlo sintió un profundo escalofrío recorriendo su columna e intentó fingir su absorción en la lectura y que ignoraba la llegada de Manuel por completo.

Noo vengas hacia acá ¿no ves que estoy leyendo? Pero Manuel sólo saludó a Enzo y no se atrevió a saludar a Clara, se sentó en su silla y no volvió a moverse de ahí hasta que terminaron las clases. Entonces Clara se acercó y le preguntó a Manuel si la acompañaba a casa, sí, claro ¿no vas a decir hola? Clara, perdón ¿te quedaste dormido? algo así, ¡algo así! Manuel, ¿qué estabas leyendo?¿el libro de Nietzsche? no, Cortázar, entiendo, lo leí y, ¿y qué? lo leí, interesante debor decir -ya están en Llico- ¿hay algo que quieras decirme?-enrojece Clara- no, pero mira hacia el suelo ¿por qué no llegaste ayer? algo sucedió ¿cómo? en la casa, Clara impaciente ¿y qué querías decirme? y me quedo ahí mismo balbuceando algo, una pregunta quizás, tratando de controlar mi nerviosismo y el corazón que bombea sangre a mil por hora y las palabras no salen y la veo alejarse bufando y echando humo, mientras me quedo quieto y helado.

Llegué a mi casa unos diez minutos después de nuestra separación y papá me retó por haberme demorado tanto ¿qué quieres que haga? tenía que hablar, hacía falta, aunque nada dijimos. Sí, se marchó disgustada y me odié papá, pero ¿qué hacer? Mañana, sí, mañana.

Clara estaba acostada en su cama mirando al techo preguntándose ¿qué habrá querido decir Manuel? con su boca abierta, balbuceante, moviendo la lengua e intentando decir algo entendible y, sin embargo, nada salía de su boca y una expresión de terror se apoderaba de sus ojos, porque es un cobarde, mañana hablará ¡no sé por qué espero a que lo haga!

¿Qué importaba lo que Manuel dijera? Caminaban juntos, Clara y Manuel, por una calle fría y azul, nuevamente, y sin saber qué decir, bueno por lo menos Manuel no sabía qué decir, porque Clara no paraba de hablarle acerca de no sé que cosa en su casa con un pariente de Antofagasta y Manuel se detiene, Clara sigue dando un par de pasos y vuelve la cabeza y lo mira con cara de pregunta.