Estaban revoloteando a mi alrededor los negros cuervos, mientras miraba desolado su auto-dsetrucción. Hubiera querido salvarla, pero me paralizaba el saberme no salvado si la salvaba a ella de la salvación de él. Me hubiera arrastrado hacia el agua negra y me hubiera perdido entre susurros y gemidos (de caricias sin sentido), entre el cielo y la tierra, entre morir o nadar ahogado. Me hubiera percatado de la posible imposibilidad de no hacer nada y maquinar el triunfo de las rosas y tulipanes y la derrota de los narcisos (o viceversa) y darme cuenta a tiempo de que querías ser salvada, condenándome a no serlo y regocijarte en mí, en tí misma, viéndome cada vez un poco más desnudo, no menos indefenso, sino más desnudo, como si yo lo quisiera y en ese momento caen los tres cuervos más silenciosos y los otros cinco me sacan los ojos.
Pero no, no querías serlo.
sábado, 13 de septiembre de 2008
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