El acorde perfecto pensaba, muy ingenuamente, que no requería de nada más que de sí mismo para funcionar con eficacia. Pero no sabe que sin las alteraciones perdía su efectividad hasta convertirse en algo efímero, asquerosamente efímero.
Todo se vuelve negro (o blanco) y, como un Pollock que chorrea sus colores sobre su pintura llenóse de manchas rojizas, violetas, aguamarinas, marrones y parduzcas que, con indecible placer, formaban un espectáculo digno de un grandilocuente apocalipsis wagneriano; temblores inclementes que destruyen todo lo delicadamente trabajado, hundiendo músicas, sepultando ilusiones, ahogando poemas, maldiciendo existencias, y profundizando pesares remotos que no cejan en la lucha a favor de la intransigencia en contra del ablandamiento de lo dicho, de lo pensado (de lo hecho), que ha de terminar en la explosión piroclástica de novenas, tritonos, trecenas y oncenas condenadas a darnos la lucha sin tregua de la cual seremos víctimas pusilánimes y verdugos ávidos de sangre de inocentes -lugar equivocado, momento equivocado- de los incautos agujeros negros que serán devorados por aquellos seres horripilantes y sin ojos llamados artistas que exterminarán a toda nuestra raza de individuos desprevendios contra la mordaz y lacerante rutina de la interpretación sin sentidos y asesino de ellos mismos, y de la razón tan emocional e imprecisa que desbordará mares de desazón, ríos de olvido y lagos llameantes de hiel que inundarán, como nunca antes se ha visto, las inmensas cosechas de mal llamadas "perfecciones" y de civilizaciones aéreas, ingenuas, que se creen capaces de tocar lo intangible, de entender lo simple.
La bailarina ha muerto en su vertiginosa danza a la entrada del otoño. El ocaso es inevitable y la rmonía ha sido reconstruida, maltratada, acuchillada y baleada, pero de una manera distinta y maravillosa que lo concreto pasa a ser intocable, solamente alcanzable desués de ser aniquilado casi por completo. La cajita de música suspira una última vez y envuelta en el ceniciento silencio se cierra suave y lentamente. A lo lejos se escucha el acorde, más allá de las nubes sempiternas que nublan el ocaso de nuestro silencio.
lunes, 24 de marzo de 2008
martes, 11 de marzo de 2008
Fireworks.
Noche. Un gran juego en la ribera de una noche llena de luna. Los efectos indescriptibles de lo hermosamente trágico llenábanme de gran maravilla. Una delicia, como aquella mirada arrebatadora de mujer imprecisa, insufrible anhelo de todo aquello que no es más que una quimera propia de mi ilusión; el delicioso sentimiento hipócrita, de esa continua contradicción multicolor.
Escamas de serpiente, plumas de quetzal, dragones codiciosos, color de sentimientos encontrados, con forma de ya no sé nada más, cayendo, ahogando su fulgor hacia el vacío, para luego convertirse en negras cenizas. Así es como se termina lo vivido; nada más que cenizas llenas de contrariedad, de flagrantes mentiras, como si no fueran más que esas negras cenizas, quemadas las pequeñas ilusiones.
Escamas de serpiente, plumas de quetzal, dragones codiciosos, color de sentimientos encontrados, con forma de ya no sé nada más, cayendo, ahogando su fulgor hacia el vacío, para luego convertirse en negras cenizas. Así es como se termina lo vivido; nada más que cenizas llenas de contrariedad, de flagrantes mentiras, como si no fueran más que esas negras cenizas, quemadas las pequeñas ilusiones.
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