Noche. Un gran juego en la ribera de una noche llena de luna. Los efectos indescriptibles de lo hermosamente trágico llenábanme de gran maravilla. Una delicia, como aquella mirada arrebatadora de mujer imprecisa, insufrible anhelo de todo aquello que no es más que una quimera propia de mi ilusión; el delicioso sentimiento hipócrita, de esa continua contradicción multicolor.
Escamas de serpiente, plumas de quetzal, dragones codiciosos, color de sentimientos encontrados, con forma de ya no sé nada más, cayendo, ahogando su fulgor hacia el vacío, para luego convertirse en negras cenizas. Así es como se termina lo vivido; nada más que cenizas llenas de contrariedad, de flagrantes mentiras, como si no fueran más que esas negras cenizas, quemadas las pequeñas ilusiones.
martes, 11 de marzo de 2008
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