No es que tuviera gran talento sintáctico, pero el ver aquella pequeña frasesita inconexa escrita en una servilleta (amarilla, tan insoportablemente amarilla) una y otra vez le producía una fascinación hormigueante. Si sus dedos temblaban no era aquéllo producto de la emoción que se tiene al contemplar algo maravilloso, sino que era producto de un agudo congelamiento que iba naciendo en su estómago hasta transformarse en un borbotón de saliva que lentamente crecía en la cavidad bucal de Ernesto.
Un viento frío (para contraarrestar su gélido cuerpo) corría formando un pequeño remolino haciendo bailar las hojas alrededor suyo a un ritmo delicado, pero solitario. Y es que Ernesto no podía despegar sus dilatadas pupilas de la servilleta (todavía amarilla) con aquel mensaje que lo obligaba a quedarse quieto, sintiendo como el frío recorría interminablemente su espina sin poder doblegarlo del todo. Su respiración era agitada, sus rodillas rogaban por un pronto descanso, y su cerebro a duras penas podía hilvanar la cadena de acontecimientos que lo habían llevado a estar parado en medio del muelle, con sus zapatillas de suelas gastadas, con una chaqueta café claro llena de manchas, con un aire mezcla de perplejidad y estupidez y con la vista fija en en la mano que sostenía esa pequeña servilleta (irremediablemente amarilla), siendo víctima de un miedo atroz.
En ese mismo minuto (pudo haber sido en un par de minutos, como en un segundo, o quizá en una milésima de segundo) una indefinible sucesión de notas de baja frecuencia anunciaba la llegada al puerto de un barco de carga probablemente venido de algún país oriental (probablemente Japón, sí tenía que ser Japón). Pero en el mismo instante en que sonó la sirena, Ernesto volvió su cabeza para contemplar a lo lejos las calles vacías de la ciudad y abarcar de un solo vistazo el muelle que detrás suyo se extendía anaranjadamente, como si se guardara para ser disfrutado únicamente por un hombre solitario con un vejo abrigo café y una servilleta (que se volvía parduzca, pero que seguía siendo tan amarilla como antes) en una de sus manos. Pero en el momento de tratar de distinguir alguna silueta familiar pensó inmediatamente en que las respuestas a su angustiante situación estarían escritas bajo las suelas de sus zapatillas. Acto seguido, después de verificar su teoría, miró su servilleta (que ya era negra) la arrugó y emprendió camino hacia el cerro silbando una melodía que a duras penas podía recordar, con la servilleta (arrugada e incomprensible) en su mano.
Luego de haber finalizado de silbar una versión ambigua de Fly Me To The Moon, y de una patética Misty, la angustia se apoderó de su cabeza. Inmediatamente pensó en deshacerse de su servilleta (porque era verdadermante suya, ya que él había escrito en ella en una mesa de un restaurant apolillado, se la había llevado consigo y luego la leyó con estupefacción) en algún basurero que encontrara en alguna calle por la cual estuviera transitando, extraviado en una serie de febriles pensamientos carcomidos, pero inmediatamente Ernesto se dijo a sí mismo que no, que había que enfrentar lo inevitable (que pudo haber sido evitado anteriormente) con con toda la modestia que le fuera posible a aquel que sabe que todo confabula en su contra por culpa de una servilleta (desgraciadamente muy amarilla como para divinizarla) que no hace más que repetir estruendosamente su frase maldita una y otra vez en las sienes de Ernesto.
"Pero si no hay nada más que hacer" decíase sin mayor entusiasmo. Cada atisbo de alguna posible salida se derrumbaba cada vez que pensaba en su servilleta (pero ¿por qué tenía que ser amarilla cuando podía ser blanca?) que no podía ser solamente un pedazo de género inerte, sino más bien como un incesante llamado a.. y ahí era donde se detenía, porque llegar a decir semejantes palabras era como una violación brutal del inquietante, pero placentero, silencio que en ese momento reinaba sobre la Avenida Portales.
Si tan sólo fuera negra. Negra como aquel mar que veía extenderse infinitamente hasta perderse más allá de... pero también le fallaba la imaginación a Ernesto, que no puede contener el dolor. Le duele el bolsillo, le duele la servilleta, le duele la cabeza, le duele el corazón.. pero prefiere quitar esto último, porque no tiene caso, le duele la cabeza y punto. Pero la servilleta ¿cómo le dolía la servilleta? Que sentía un objeto flagelante en su mano derecha no era nada más que cierto, mas que le duele la servilleta amarilla, roja, verde, negra, azul, nuevamente amarilla... como si se... como si se hubiera vuelto una misteriosa e insondable prolongación de sí mismo, una prolongación de su increíble fatalidad, la materialización de la misma. Al momento de voltear hacia la calle ve con claridad que el bus que pasa sólo lleva dos pasajeros, uno medio dormido con su cara apoyada en el vidrio de la ventana y otro que sentado de brazos cruzados espera impacientemente su llegada a casa. "Yo ya no tengo pasajeros, ya nadie viaja en mí".
Un cigarro. Tan sólo un cigarro para poder ver pasar la vida en una bocanada de humo, verla retorcerse, formar oníricas existencias, recuerdos amargos de infancia, de su época de clarinetista callejero, de la vez que tuvo que empeñar el clarinete (un lío con el propietario del departamento)... y el eco vacía que su última frase (tan patética, tan cursi) reverberaba brutalmente en su cabeza. Se reprochó semejante estipidez y volvió a desear un cigarrilo entre sus dedos. Pero no, imaginar que tenía un cigarrilo era como una flagrante mentira, porque estaba es servilleta (todavía tan incomprensible, tan inexplicablemente amarilla, tan).
Paulatinamente comienza la caída de las gotas de una tenue lluvia. "El final perfecto" piensa Ernesto, con un cigarrillo imaginario entre sus labios, los labios que alguna vez... Ernest, Ernst, dios no, es ridículo el esperar un milagro, una estupidez el tirarse cerro abajo, quebrarse unos cuatro o cinco huesos (tal vez más) y no morir por un golpe de una piedra contra la cabeza. Y como no le seducía lo suficiente morir de golpe o desangrado se bajó de la baranda de la calle, inhalando hondamente, sintiendo como su corazón desaceleraba el bombeo de la sangre como si contara los instantes previos a detenerse para siempre, con Ernesto mascullando sus lamentaciones, sus últimos planteamientos filosóficos más profudnos, sus. Pero una ráfaga de aire frío interrumpe sus devaneos patéticos, y la lluvia que nubla su vista y los dedos amoratados y... "y nada", porque todo se fue o se está a punto de ir a través de un pedazo de género, de manera que... un pedazo ínfimo e inabarcable de... una náusea asquerosa de sí mismo, un rechazo inmediato a lo vivido recientemente, una negación absurda de la servilleta (tan, pero tan amarilla) ¿cómo negar una servilleta de género amarillo? Una lluvia perfecta, para un final perfecto.
La lluvia. La hermosa lluvia y la servilleta mojada, pero protegida por la temblorosa mano de un hombre que comienza a camniar sin rumbo fijo, con el rostro lívido e inerte, con la dignidad guardada en un bolsillo de una chaqueta ya olvidad y una mirada puesta en un punto fijo perdido en la lluvia. Ya nada... y nada, porque no tenía caso, ya que esperaba que de un momento a otro lo acuchillaran por la espalda. "como si de un momento a otro fuera a pasar algo" peinsa Ernesto. Como si fuera a pasar algo que trastocara el orden de las cosas, como si todo cambiara, pero se viera exactamente igual que antes. Como si la lluvia dejara de caer y dejara ver el sol.
La verdad, no era muy tarde. Ya era de noche y el alumbrado público hacía su trabajo iluminando el desorientado paso de Ernst (quería tanto a Max Ernst).
A las nueve en punto. A las nueve en punto se escuchaba a lo lejos las risas de un grupo de jóvenes que se divertían en su animada conversación. Una pobre sonrisa se dibujó en el rostro de Ernesto, prreso de las más absurdas alucinaciones; qué absurda es una risa inocente o maliciosa. No. En realidad nadie estaba ríendo a lo lejos, no era más que el viento que le recordaba dolorosamente a su servilleta (tan anaranjada por el momento).
Se oye acercarse un auto. Por su derecha Ernesto lo ve asomarse lentamente, aminorar su marcha hasta quedar a la par suya. Se ve abrirse la ventana del conductor y una mujer saca su cabeza y pregunta "¿A dónde vas?", y Ernesto que sonríe como perdonando su ignorancia, a cualquier parte, pero sabes hacia donde me dirijo, pero si quieres puedo llevarte ¿y qué haces con esa servilleta en la mano?". No sabía que era la clave de todo, pero ¿a quién le importaba? A él, solamente a Ernesto le importaba la servilleta y la lluvia que lo limpiaba por dentro y dejaba exactamente igual por afuera a su piel seca y estéril por la lluvia. Pero la mujer insistía amablemente empapándose la cabeza, conciente de que Ernesto terminaría por aceptar su cobijo, su agradecido ofrecimiento.
"Qué más da". Se detiene el auto, Ernesto abre la puerta trasera y ya dentro del auto la cierra ceremoniosamente dando por terminada la caminata. Se está bien en el asiento trasero de un auto azul, sobretodo si está encendida la calefacción.
El auto se aleja y lo que se ve hundirse en un pequeño charco es la servilleta llena de frases inconexas de Ernesto que sigue tan amarilla como siempre.
viernes, 11 de abril de 2008
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