viernes, 25 de julio de 2008

Espera (Segunda Parte)

Clara empezó a caminar por Llico, preguntándose por qué el imbécil de Manuel (pensaba ella) se había demorado tanto en llegar (bueno, de hecho no llegó). No tiene nada más que hacer más que mirarse el ombligo ah, pero esto también ¡y no es mucho que digamos! ¿por qué le costará tanto cumplir? ¡Estoy hecha una sopa! Se detuvo un momento pensando en que, tal vez, Manuel llegaría por su cuenta a su casa.

No llegó nadie y Clara no estaba dispuesta a esperar más, pero tampoco agarró el teléfono, mañana lo veo, es decir, no podrás escaparte de mí. En eso suena el timbre y Clara va a abrir la puerta de la cual emerge la figura de su madre.

- ¿Vino Manuel?- preguntó su madre.
- No. Supongo que tenía que hacer algo, otra cosa.- respondió Clara fingiendo no darle importancia.
- ¿Lo ves mañana, no?
- Desafortunadamente sí.- Clara no pudo disimular más su enojo y se fue a su habitación. "No me molesten" gritó al que pudiera oírla.

Sentada en su cama, Clara meditó largamente (sentada en su cama) acerca de lo que Manuel tenía que (más bien quería) decirle. Cobarde, pensó con rabia, lo desconozco ahora y ya no tiene caso que me lo diga, no haré ni diré nada. Tomó un libro de Nietzsche de su velador. Púdrete imbécil, esto no es un verdadero regalo.

Oyó a un gato maullar, miró hacia la ventana (abierta) y vió al gato cuán largo era. Le tiró el libro de Nietzche que le fue a dar directamente en el lomo. El gato huyó hacia la casa de al lado espantado y adolorido y espantado por la agresión de Clara.

Al día siguiente había escuela, por lo que Clara esperaba que Manuel cumpliera con sus deberes escolares y se presentara al colegio. Clara se vistió, levantó de la cama (en ese orden), se duchó, tomó rápidamente su desayuno y salió a paso rápido de su casa temblando de frío. Estaban todas las calles mojadas y una brisa helada recorría el cuerpo de Clara, obligándola a doblar su paso.

Clara se sentaba en el tercer lugar de la tercera fila. Esa posición le permitía una vista privilegiada de Manuel, que se sentaba en el primer puesto de la segunda fila, de cara al pizarrón, a la derecha de Clara.

Pasaron las horas y la silla de Manuel seguía desocupada. Julieta Gutiérrez interrumpía las cavilacion de Clara con sus comentarios sobre lo varonil y atractivo de Enzo, que se sentaba al lado de Manuel. Clara sólo podía ignorar los que Julieta decía y no podía poner atención, en vez de eso miraba atentamente la silla de Manuel, absorbida por la contemplación sin tergua de ese objeto de madera. De pronto, Enzo se dió vuelta y miró a Clara, sonriéndole con unos enormes y chuecos dientes. No estés coqueteando conmigo estúpido y acto seguido le muestro el dedo de al medio y le dijo voltéate estúpido. La profesora interrumpe su clase y pregunta a Clara si tenía algún problema con las metonimias. Clara se sonrojó de inmediato y no, ningún problema ¡es que... Enzo no para de mirarme y yo no quiero que me mire! Toda la clase explota en una sincera carcajada y Clara no siguió hablando y sólo atinó a esconder la cabeza en el cuaderno.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

... de dónde se sacan esas profesoras que preguntan esas cosas?
Pobre gato.
En realidad, Clara me da lo mismo, por mí que Brahms se la hubiera agarrado, pero no.

Rodrigo dijo...

Yo debo ser de los bloggers más ingratos que hay; siempre espero comentarios y casi nunca los dejo el gran chuchesumadre.

Ahora si, mmh me quedó la sensación de no entender en lo absoluto a que ibas tu con la historia. Capaz que a Manolo se lo tragó la tierra, o quien sabe, se quedó tirándose a la mamá de Clara.

Abrazos!